Por qué el 24 de julio se celebra el Día de la Bandera Cruceña
En este 24 de julio, cuando Santa Cruz celebra el Día de su Bandera, conviene recordar que los símbolos no son meros trozos de tela o dibujos arbitrarios. La bandera cruceña —con sus franjas verde, blanca y verde— encarna la identidad de un pueblo forjado en la adversidad, fiel a sus raíces y abiertamente contrario a los desvaríos ideológicos que pretenden disolver lo particular en el abstracto universalismo globalizador.
La historia de este emblema nos remonta al siglo XIX, en medio de las convulsiones hispanoamericanas. Fue adoptada oficialmente el 24 de julio de 1855, durante la presidencia de José María de Achá, como distintivo del departamento de Santa Cruz. El verde representa la exuberante vegetación de nuestras tierras, la esperanza cristiana que ha sustentado al cruceño a lo largo de los siglos, y también la fertilidad de una región bendecida por Dios. El blanco, por su parte, simboliza la pureza de intenciones, la paz deseada y, en última instancia, la rectitud de propósitos que debe animar toda comunidad política bien ordenada.
La bandera cruceña constituye el símbolo de nuestra tradición, de nuestra identidad. Y la tradición es tan importante, que así se expresa de ella el gran filósofo Rafael Gambra: es “la acumulación temporal de las experiencias del pensar y de la vida que se realiza a través de las generaciones hasta la formación de un común patrimonio espiritual, sea científico, cultural, religioso, etc.” (El lenguaje y los mitos, p. 60). La bandera cruceña, pues, no es un accesorio decorativo: es un muro de contención contra el olvido y la disolución identitaria.
Aquí conviene recordar la lección del gran pensador Francisco Elías de Tejada: el regionalismo tradicional supone “el desplazamiento del Estado del lugar abusivo en que le ha situado la política liberal y la totalitaria, devolviendo el protagonismo político a las instituciones sociales o cuerpos intermedios”. La bandera cruceña es, en rigor, un grito de autonomía, una reivindicación de lo propio dentro del marco de lo común.
En tiempos de posmodernidad líquida, donde todo se desvanece y nada perdura, la celebración del Día de la Bandera Cruceña adquiere un carácter profundamente contrarrevolucionario. Mientras las ideologías dominantes procuran atomizar la sociedad en identidades fragmentarias y enfrentadas, la bandera cruceña reúne.
Mientras el globalismo proclama la abolición de fronteras y la uniformización cultural, este símbolo afirma la particularidad como don de Dios. Como escribió Rubén Calderón Bouchet: “La tradición —escribió— se funda en la autoridad de Dios o no existe”. Santa Cruz, con su bandera, testimonia que se puede ser boliviano y cruceño, católico y patriota, sin necesidad de mutilar ninguna de esas verdaderas identidades. Miguel Ayuso ha expresado con claridad que la patria tradicional “no es la nación moderna y precisamente por eso puede articularse la patria grande con las patrias chicas y puede haber perfectamente una cohesión de tipo comunitario, pero al mismo tiempo una pluralidad de tipo foral“. Esta es la clave: la bandera cruceña no divide, sino que articula.
La devoción de los cruceños por su bandera no es, por tanto, un mero sentimentalismo folklórico. Es, en el fondo, una actitud teológico-política: el reconocimiento de que los pueblos tienen una misión histórica que cumplir, un lugar asignado en el diseño providencial. El verde de nuestra enseña nos recuerda que somos guardianes de una tierra fecunda, pero también de una fe viva que ha resistido el embate del protestantismo, del liberalismo y ahora del secularismo agresivo. El blanco nos interpela a mantener la pureza de doctrina y de costumbres.
Como afirmaba Frederick Wilhelmsen, “el sentido católico de nuestra nación no se restringe a lo que los españoles creen, sino que alcanza a lo que ven, hacen, palpan y cantan: la arquitectura románica, la gótica, la barroca tan eminentemente hispánica; la música, las procesiones religiosas y sobre todo las del Corpus Christi, cuando España entera, con sus gremios, cofradías, autoridades, soldados, da expresión a su unidad católica acompañando al señor por las calles de nuestros pueblos y ciudades” (Así pensamos, pp. 28-29). Celebrar la bandera cruceña es, pues, ejercer esa lucidez y alimentar esa esperanza. Álvaro d’Ors, con su habitual precisión jurídica, recordaba que “el Estado es una convención y la historia, la cultura, la lengua y la religión son los verdaderos factores que constituyen la propia identidad como pueblo de una comunidad”.
En conclusión, que este 24 de julio no sea una fecha más en el calendario cívico. Que los estudiantes de escuelas y universidades comprendan que alzar la bandera cruceña es un acto de fidelidad: a los antepasados que la confeccionaron, a la tierra que nos sustenta, a la Iglesia que nos redime, y a la patria boliviana que, bien entendida, no se opone sino que se realiza en el amor a lo propio. Que el verde y el blanco ondeen no como colores muertos, sino como signos vivos de una comunidad que se niega a dejarse disolver por los errores del siglo XXI. Y que, al mirarla, cada cruceño sienta —como sentían nuestros mayores— que detrás de esa tela sencilla late el corazón de un pueblo que eligió ser fiel, aunque el mundo premie la traición. Como decía Gambra en su última carta a los tradicionalistas: “Seguid así, que lo bueno triunfará y prevalecerá”. ¡Viva Santa Cruz! ¡Viva Bolivia! ¡Viva Cristo Rey!








